Puto el que lo lea

Los CORTOCUENTO, son relatos, historias, cuentos, experiencias o narraciones, sencillas, rápidas, breves o cortas. Este es el primer CORTOCUENTO, para LECHUGA esto es “Puto el que lo lea” de Ángel Camaño.

A los 10 años los niños pueden ser muy crueles. Yo era el chico gordo de la clase. Nunca entendí por qué me odiaban tanto. Siempre me sentaba hasta atrás, no hablaba con nadie. A veces cerraba los ojos, recostaba mi cabeza sobre la mesa e imaginaba que estaba solo. Me encantaba hacer eso, mientras trataba de ignorar las voces de mis compañeros, ofendiéndome. Sus palabras de repulsión hacia mi persona, se clavaban muy dentro de mí. No tenía valor para llorar.

Rara vez lograba sonreír en el salón; pero una ocasión, leí algo gracioso en la banca de Luis, compañero de enfrente. Decía: Puto el que lo lea. Me pareció muy gracioso y murmuré una pequeña risa. El maestro me escuchó.

–Ricardo, a las jardineras. –dijo.

Lo que no sabía, es que me estaba haciendo un favor.

Me gustaba mirar los árboles, sentir el pasto entre mis manos y descubrir algunos insectos en la yerba. Quién necesitaba a las personas, eran odiosas.

Sonó el timbre del recreo, fui al salón por mi lonche, regresé y me senté en el pasto. Vi cómo se acercaba Marco y otros dos de mis compañeros, siempre me molestaban. Aquel día no fue la excepción.

–Hey vaca. –dijo Marco. –Tú debes de comer pasto.

No contesté.

Se acercó, me tiro de un empujón al pasto, y pateó mi lonche. Todos se rieron, me paré y me fui al salón. Me volví a recostar en mi banca. Esa tarde, no levanté mi cabeza de la mesa, hasta que la clase terminó. Nadie lo notó.

A la hora de la salida, me apresuré para ir a casa. Llegué, y al ver a mamá, sentí un gran alivio. Le dije:

–Mami, ya no quiero ir a la escuela.

–¿Por qué dices eso Ricardo? –preguntó mamá.

No quería preocuparla, ella y papá trabajaban mucho para sacarnos adelante, así que le mentí.

–Es que me canso mucho.

–No te preocupes, ya vendrán las vacaciones y podrás descansar. –Me dijo mientras sonreía y me daba una palmada.

La abrasé con mucha fuerza. En sus brazos me sentía muy bien. Me dieron ganas de llorar, pero sólo logré un par de lágrimas soñolientas.

Me fui al cuarto, me acosté en la cama, deseando amanecer enfermo para no regresar a la escuela. Estaba en casa, aquí todo marchaba bien. Nadie nunca sabrá que yo escribí aquello en la banca de Luis. Sonreí.

Por Ángel Camaño

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