R. Gutiérrez

El entretenido cuento de un conserje  entre los salones y estudiantes de Filosofía en el CUCSH, por Lauro Barajas

 

En el baño de hombres de la universidad se ven unas manchas de pintura azul. El señor R. Gutiérrez sería el encargado de resolver el problema. Había regresado de sus cortísimas vacaciones en Nayarit, donde vivía toda su familia. Todas las navidades iba y venía en camión al calor de Tepic. Tenía incluso varios CD´s que había comprado en la época del CD. Varios artistas se amontonaban en su porta CD´s y unos audífonos Casioque increíblemente aun servían. Estaba en éste momento regando un pequeño jardín en cuclillas. Justo había terminado de comer tres tacos de birria en la esquina de en frente. Una decena de mujeres estaban sentadas ritualmente en círculo en el mismo jardín. Veía las bocas pronunciar palabras aunque no las escuchaba pues traía sus audífonos puestos. Hablaban dos mujeres con una, o dos con dos, o una con todas, dando quizá un mensaje de mayor importancia; gritaban como si resbalaran por un tobogán de agua o una montaña rusa con las manos en alto, y eso sí que lo escuchaba el señor Gutiérrez (sus audífonos Casio no suprimían totalmente el sonido de lo que le rodeaba). Abrió su Coca-Cola que compró en la tienda de abarrotes Lucy, y a pesar de que no escuchó el peculiar sonido del gas salir de la botella, lo sintió con sus manos. De esto también se percató el señor Gutiérrez, aunque sin darle más importancia de la debida, pues debía continuar regando. Dio un gran trago a su refresco y continúo sus labores.

Afuera del salón 123 P, R. Gutiérrez esperaba al profesor de Ontología terminar su explicación sobre los entes reales y los entes metafísicos. La edad del profesor es de 92 años y recordaba su juventud como campeón velocista en la pista 7 del estadio Anoeta en San Sebastián, España. R. Gutiérrez escuchaba del profesor que prometía traer una postal de él mismo cruzando la meta. También escuchó la historia atlética de los cinco hijos del profesor. Uno había roto record en los 110 metros, otro había ingresado al salón de la fama, etc. Esperando que la clase concluyera para limpiar el salón, escucha la risa de los alumnos y al profesor insistir que lo del atletismo era enserio. Concluye la clase y R. Gutiérrez recoge la basura.

En otro salón y en la misma situación esperaba ahora al profesor que impartía la clase de Seminario de la Filosofía Natural de Newton. Éste hablaba del síndrome de Asperger en muchos científicos y filósofos, forma de autismo que permitía la productividad y el alto rendimiento. Escuchó al profesor contar la anécdota de que a Newton le atormentaba no haber pronunciado la palabra “Dios” durante el día, pero se mostraba impasible después de mandar a la horca a criminales que habían falsificado monedas. Los alumnos salen y Gutiérrez entra preparar el salón para la siguiente oleada de clases.

En el salón 95, en la clase de Narrativa de Ciencia Ficción, se proyectaba una caricatura japonesa. El personaje se sitúa en un laboratorio, enfermo, así que toma una siesta y medicamento para mejorarse. Al despertar aparecen todos muertos debido a la filtración de un gas mortal (un solo sobreviviente, similar a la película de Exterminio). El profesor sale a fumar un cigarrillo y a beber su café a unos metros de R. Gutiérrez. Ambos alcanzan a ver la proyección de la caricatura a su izquierda. A su derecha podían observar a las personas en el jardín de Filosofía; unos bebían cerveza o whisky, otros fumaban marihuana o tabaco. Ambos, el señor Gutiérrez y el profesor, presenciaron a una persona, estudiante o no, que se paró de una mesa rápidamente para vomitar dentro de un bote de basura (cuyo letrero informaba que ahí se debía depositar exclusivamente el aluminio y materiales similares). “Es como el infierno en plena floración, no puedo imaginarme la cantidad de víctimas”, se escuchaba de la proyección de la caricatura doblada al español. Alcanzaba a ver de la proyección al personaje en motocicleta dirigiéndose a Tokyo por la carretera (él era el que transpiraba el gas mortal), mientras toda la capacidad militar de Japón intentaba evitarlo. El profesor de narrativa reingresa al salón despidiéndose del señor Gutiérrez con un “buen día”, a pesar de que solo compartieron el pasillo un par de minutos. R. escucha a los alumnos comentar la caricatura una vez finalizada: “armas biológicas… que cabron… buena trama”, etc. La proyección quedó pausada para que los alumnos dialogaran, con el personaje estático  en su motocicleta en alguna carretera japonesa. Viendo fijamente la imagen proyectada, R. deseaba una motocicleta similar, aunque sabía que no iba a hacer nada para obtenerla. Le bastaba con imaginarse montado en ella y ver el resumen del futbol por las noches. Los alumnos salen y recoge dos envases de CocaCola del aula.

R. ya hace tiempo que se transformó en un autómata, neutro ante los sentimientos como recomendarían los clásicos de la filosofía. Toleraba sin decir una palabra la obstrucción diaria del tráfico ocasionada por automovilistas desesperados que afectaban tanto a ellos como a los demás conductores y peatones. R. toleraba los olores de los baños antes de limpiarlos, las bolsas de basura que en ocasiones escurrían líquidos inclasificables, el calor en época de invierno. Incluso se podría concluir que el señor Gutiérrez era una especie de semi-dios, sin grandes aspiraciones o sueños que “alcanzar”, imperturbable ante la sobrepoblación, los mosquitos, la mercadotecnia invasiva de “Dos Whoopers por 45.00 pesos. Solo en Burger King” y todas esas cosas. Antes de trabajar de conserje en la universidad trabajaba en una preparatoria por periférico. Un día le asignaron la tarea de repintar la pared exterior del baño. Había comenzado la tarea a eso de las diez de la mañana. Ese día se llevarían a cabo las elecciones para presidente del alumnado. Los alumnos llevaban globos, confeti, matracas, toda una fiesta que había que soportar. En el baño de hombres veía y escuchaba todas las noticias y chismes. Escuchó por ejemplo como un par de alumnos fueron suspendidos por gritar en el salón que la profesora de Estructura Socioeconómica de México tenía “nalgas de aspirina”, justo cuando atravesaba la entrada. Fue cuestión de segundos, pues llegó en el momento exacto en que los cuarenta alumnos del salón soltaron la carcajada. La escena se puede comparar con esas diferencias milimétricas que posibilitan un gol en el futbol, o los engranajes, o los frenos ABS que evitan mortales accidentes. La profesora salió del salón llorando.

Cuando trabajaba en esa preparatoria a R. Gutiérrez también le tocaba escuchar como algunos alumnos de semestres avanzados les bajaban los pantalones a otros alumnos mientras lo grababan para subirlo a internet; a otros les aventaban los botes de basura de los cubículos de los lados (con todo y bote). A la víctima se le venían encima todos los papeles embarrados de caca a la cara, pues todos dirigían por el susto la mirada hacia arriba. Hubo una ocasión en que un alumno salió vomitando huyendo de los brabucones con un papel lleno de mierda pegado a la ceja. Pero todas estas cosas inexplicables para Gutiérrez fueron sustituidos por un mejor sueldo y una aparente madurez de los universitarios.

Un viernes camino a la universidad, R. se topó con un accidente automovilístico: un camión de cerveza Tecate se había volcado en una curva. Cientos de latas quedaron esparcidas en la calle. Muchas de ellas explotaron, otras salieron girando como cuetes, pero muchas otras quedaron intactas esperando a que alguien las recogiera. Por obvias razones los peatones cercanos llenaron sus mochilas y bolsas (o donde cupieran, unos se las metieron en las chamarras, otros cargaban dos en cada mano y unas cuantas más metidas en los pantalones, etc.). R. Gutiérrez se acercó a la escena, todavía no llegaba la ambulancia o la policía (había transcurrido si acaso un minuto, muchas latas aun parecían fuentes de cerveza), se agachó por una, la abrió, y el sonido del gas frente a todo ese espectacular motín parecía de verdad un comercial de la televisión. Sosteniendo la lata observó cómo dos personas recordaron que era una persona con vida, capacidad motriz y demás la que conducía; se acercaron a la puerta para ver si podían servir de algo pero en ese momento llegaron los paramédicos. R. empinó la lata de unos cuatro tragos y retomó su camino.

Al llegar se topa con que tres de las mujeres que también trabajan en la limpieza de la universidad estaban escuchando la radio mientras comían Maruchan (transmisión de noticias mañaneras, muro de Trump, etc.). “Ay no, ese Trump, que le vamos a hacer”. “Escuché el otro día en la radio que su familia no tenían papeles, y mira nomas lo que anda haciendo”. R. Gutiérrez siente una repulsión hacia ese cuarto, como imán que es alejado; decide ir mejor a comprar otra Tecate para iniciar su día. No era completamente imperturbable ante el alcohol.

Por Lauro Barajas

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